viernes, 3 de mayo de 2019

Un Amigo en el Invierno


Un Amigo en el Invierno
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Rhett estuvo toda la noche pendiente de su madre, le echó más leña al fuego y se quedó contemplando el rostro pálido y exhausto de la hermosa mujer. Acercó sus labios y con la delicadeza necesaria para no dañar el sueño ajeno, besó su frente. Ya dejándola acomodada, salió de la humilde casa improvisada, caminaba entre el gran bosque de pinos, el paisaje estaba bañado de nieve y había un silencio absoluto. Los pasos del joven se hundían hasta sus canillas y sentía un dolor insoportable en los pies que estaban torturados por el frio, llevaba puesto un abrigo que le quedaba muy grande y estaba todo remendado, en los grandes bolsillos tenía dos panes que le tenían que alcanzar para todo el día.
La madrugada estaba oscura y apenas se podía ver los primeros rayos de sol que chocaban con las montañas del muy lejano; llegó a la ciudad, todavía no había mucha gente afuera debido al clima; entró por la calle principal y anduvo por está mirando los locales y negocios cerrados. Ese día necesitaba encontrar trabajo, debía ponerse a hacer algo, estaba cansado de la ardua caminata y como todavía no había gente afuera a quien pedir un oficio, se desvió y entro a la plaza central de la ciudad.
Se sentó en una banquita, pero viendo que sus pies aún tocaban la nieve decidió acostarse y acurrucarse lo más que podía para tratar conservar el calor.
Cerró los ojos por un momento, había salido muy temprano de casa así que decidió descansar mientras la ciudad despertaba, debía reponer las energías que gastó de noche, cuando estuvo cuidando a su madre hasta que su enfermedad le permitiera conciliar el sueño.
Quedó profundo en la banca y se soñó jugando con un niño blanco, era calvo no emitían palabra solo reían y corrían en medio de las flores bajo un cálido sol que acariciaba sus pálidas pieles.
–Despierta –dijo el niño tocándole la cabeza.
Rhett abrió los ojos de inmediato.
–Imaginé que me despertarías.
–¡Rápido, no es tiempo de bobadas debemos hacer algo!
–Soñé contigo –dijo mientras se incorporaba.
–¡Rhett vámonos dormiste por horas, ya va a ser mediodía!
–¡Oh… válgame, ahora me tomará más tiempo encontrar algo de dinero! –dijo preocupado–. Ni de noche ni de día tengo paz no entiendo porque la vida no me congeló mientras dormía y así parar mi dolor –dijo con la voz temblorosa de tristeza
–¡Y dejar a tu madre, ¿qué te pasa?, creí que jamás te rendías! –replicó enojado.
–Saymon, tu sabes que lo he hecho todo.
–¡No te has muerto porque te vi y me encargué de mantenerte caliente tonto! Tu todavía tienes que luchar –dijo mientras lo abrazaba–. Sabes que siempre estoy contigo ahora vámonos a trabajar.
Empezaron a buscar algún oficio en el que pudieran servir, fueron rechazados por muchos lugares, fueron a carnicerías en donde los rechazaron por no ser muy hábiles con los cuchillos, intentaron en las obras de construcción en donde ni siquiera les prestaron atención, también trataron con la oficina de periódicos pensado en que ese trabajo no requeriría de muchas habilidades. Pero para su sorpresa esta estaba cerrada. Finalmente, decidieron separase por la ciudad para pedir un qué hacer en distintos lugares y encontrarse tipo cinco de la tarde de nuevo en la banquita de la plaza. Antes de dividirse, Rhett se comió con muchas ansias un pan de los que llevaba en el bolsillo de su abrigo y le dio el otro a Saymon, que se lo guardó de inmediato.
Ya solo, Rhett siguió buscando algo. Por fortuna llegó a una panadería en la que ese día había faltado el mesero, entonces el dueño del negocio, a regañadientes, aceptó darle el trabajo por unos cuantos billetes.
–Usted se encarga de traerle al cliente lo que necesite, limpiar y cobrar –dijo con mal genio–. Sin embargo, quiero que sepa joven, que apenas el antiguo mesero este bueno y sano para volver al trabajo, usted se irá.
–Sí, señor, lo que usted mande.
Todo había funcionado y ese día cuando se desocupó y salió de la panadería, ya había caído la noche. Se acordó que a las cinco debía reunirse con Saymon. Entonces decidió pasar a comprar comida y después encontrarse con su compañero.
Cuando llegó a la banquita de la plaza con un bulto de comida al hombro, encontró a Saymon.
–¡Oye! Perdóname Saymon –dijo mientras ponía el bulto en el piso y se sentaba junto su amigo en la banquita.
–No te preocupes, me enteré de la panadería y como veo esta noche no pasarás hambre ­–dijo sonriendo–. ¿Ahora tienes ganas de que la vida te congele mientras duermes?
–¡Huy! –murmuro Rhett sorprendido de la sabia pregunta.
–Todo se resume a reír cuando puedas y llorar cuando lo necesites –le dijo al oído.
–Gracias –dijo y se le escaparon unas cuantas lágrimas mientras abrazaba a su compañero.
Rhett se fue a su casa. Cuando llegó, su madre estaba sentada en la silla del pequeño comedor.
–Mami hermosa, ¿cómo te sientes?
–¡Hijo! –dijo sorprendida–. ¡Me tenías con el corazón en la mano, ni esperaste a que me despertara!
–Oye, por ahora, no tienes la capacidad de hacer nada ni preocuparte por nadie. No te afanes.
La madre sonrió con ternura, estaba orgullosa de su hijo.
–¿Comiste? –dijo la mujer con voz débil.
–Si, un pan.
–¡Santo, debes estar hambriento hijo mío, pobre niño, válgame el cielo!
­–Eso es lo de menos madre, mira lo que traje –dijo mostrándole el bulto con comida.
–Gracias hijo por todo lo que haces.
Esa noche madre e hijo gozaron de un delicioso banquete, la comida los hizo olvidar los problemas, y la enfermedad. Esa noche, el frio no entro en la casita, hubo un calor tan ameno, que solo podía ser fruto del amor tan grande de aquella familia.
Al día siguiente Rhett se levantó más tarde, había trabajado mucho y necesitaba fuerzas.
La comida en el saco, todavía alcanzaba para que su madre pudiera comer mientras él estaba por fuera.
Cuando Rhett se preparaba para salir de la casa, su madre saltó de la cama y en seguida sacó la cabeza por la ventana y se puso a vomitar. Estaba muy enferma, la fiebre era muy alta. Rhett le ayudó a acomodarse lo mejor posible.
El joven se fue directamente hacia la panadería en la que había trabajado el día anterior. Encontró ahí al hombre dueño del negocio.
–Buenos días señor –dijo cordialmente–. ¿Habrá trabajo para mi hoy?
–No –dijo toscamente­–. El antiguo mesero ya volvió al trabajo.
–Y… ¿hay otra cosa en la que pueda ayudar? –dijo preocupado–. Colabóreme
–No, ya tengo la gente suficiente –contestó impaciente –. Y además usted con esa presentación de vagabundo, lo único que hace es espantarme los clientes.
–Deme una oportunidad mi señor, si tuviera una mejor prenda pues esa prenda me pondría.
–¡Que no!, yo no soy aquí un recogedor de delincuentes que quieren sentar cabeza– dijo con rabia–. ¡Usted es eso, un delincuente que lo único que quiere es robarme las cosas de mi negocio! –dijo y lo empujó fuertemente.
Rhett se salió de la panadería, temiendo que el señor decidiera pegarle y humillarlo.
Todo había intentado, menos robar, se dirigió a la misma banquita y en ella se puso a llorar por como lo habían menospreciado. Le dio rabia, todo el tiempo había tratado de ganarse la vida con mucho esfuerzo y honestamente, para que un atrevido le venga a decir que lo que tiene es robado. No se aguantó más, decidió tener lo que quería así tuviera que ensuciarse las manos.
Fue local por local disfrazándose de cliente y tomando todo lo que los demás dejaban descuidado, le resultaba fácil, sus menudas manos pasaban por cualquier bolsillo rápidamente. Se disponía a entrar a una casa, salto la reja que separaba el patio de la calle y se acercó así una ventana disimuladamente. Miro adentro, no había nadie, cogió una piedra, estaba listo para romper la ventana.
–¡Deténgalo, quiere entrar a mi casa! ­–dijo un hombre a dos guardias que estaban cerca.
Rhett salió corriendo del lugar, detrás del el iban los dos hombres con sus bolillos. El joven corría con las manos en los bolsillos de su abrigo, ahí llevaba todo el botín que había conseguido y por nada del mundo podía perderlo. Rhett miraba hacia atrás, para ver si ya estaba distante y podía esconderse. Los hombres estaban todavía muy cerca. Encontró por fin un desvió en un callejón sin salida, no dudo en entrar, los guardias alcanzaron a ver en donde se escondía el ladrón.
El callejón ocupaba el espacio de entre dos edificios y estaba lleno de basura, Rhett resolvió esconderse en un contenedor que estaba casi al fondo.
–¿Qué has hecho? –pregunto Saymon que estaba ya dentro.
Rhett se quedó callado y no fue capaz de mirarlo a los ojos.
–¿Por qué? –dijo Saymon llorando –. ¡Tú no eres consiente, no eres consciente de nada Rhett! ¡Esto no es ganarse la vida, no entiendes que, si te atrapan, nuestra pobre madre se quedará sola y enferma!
Rhett rompió en llanto.
–Escúchame, yo estoy ya muerto, y me presento en este mundo porque me preocupa tu destino y el de tu madre. Por favor, debes esforzarte aún más y no rendirte o echarte a la vagancia tras el primer fracaso– dijo con un tono consolador–. Mira, tu estas sano y cuentas con eso para salir adelante, yo no tuve esa posibilidad. Ahora tú tienes que poder. Déjame irme con la certeza de que vas por el buen camino.
–Haré lo posible por salvar a mi madre– contesto mientras abrazaba fuertemente a su amigo.
–Te diré lo que vamos a hacer. Dame tu abrigo, tu gorra y las cosas que hayas robado. Yo salgo y me entrego a los guardias y tu espera a que se vayan conmigo –dijo Saymon muy seguro.
–¡No, debo asumir las consecuencias de mis acciones! –respondió­–. Solo te voy a pedir un último favor amigo del alma. Ayuda a mi madre mientras yo este preso, has lo que tengas que hacer, aparécete y mantenla a salvo. Después podrás irte en paz a la infinidad del cielo, solo eso te pido, ese último favor, tú me enseñaste que debo ser consecuente y que mejor que ahora para ponerlo en práctica. Te agradezco con el alma, haces demasiado por mí.
–No Rhett, fuiste tú el que hizo mucho por mí, jamás me abandonaste en mi enfermedad –Dijo suavemente–. Claro que cuidare a tu madre por ti.
–Lamento mucho no dejarte descansar Saymon.
En ese momento los guardias ya estaban entrando en el callejón, entonces Rhett se despidió, salió rápidamente del contenedor y se entregó a los guardias.
Saymon pudo escuchar como su amigo era maltratado por los hombres.
Rhett duró dos semanas preso. El juez se apiado del muchacho sabiendo que robaba por necesidad. Después de cumplir su castigo, lo primero que hizo fue volver a casa para ver cómo se encontraba su madre. La hallo aún débil y enferma, pero ella le comento que su amigo le había dado la atención de un ángel.
–Si madre, mi amigo sí que es un ángel.
La madre le contesto desde su cama con una amena sonrisa.
Rhett salió afuera de la casita y miro al cielo agradecido por el favor que le había concebido su amigo.
–Todavía necesitas un trabajo –dijo Saymon sorprendiendo a Rhett por la espalda.
–¡Aghgggh!, me asustaste
–No me puedo ir sin decirte que tienes una gran oportunidad. Ese día en que nos separamos para buscar empleo, fui a la biblioteca de la ciudad, estaba a cargo de un generoso señor de elegante bigote. Le comenté la situación y acepto darte el trabajo de ayudante. Además, dijo que, si eres bueno, ayudaría a tratar a tu madre, este hombre tiene muchos conocimientos sobre medicina y ha viajado por el mundo ayudando a los enfermos.

 Autor: Sergio Blanco



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